El cardo mariano y las brasicáceas son las reinas de los recovecos de las calles cuando llega el invierno. Como florecen incluso con temperaturas bajas, son una fuente de alimento para los insectos, gorriones y otras aves
Las lluvias regresan, las grietas urbanas reverdecen. En aquella unión de la acera con la pared de la panadería brotan un par de cotiledones —las primeras “hojitas” que emergen de la semilla— de un cardo mariano (Silybum marianum). Esta plántula de apenas un centímetro de altura es hija de un cardo enorme que creció en el pequeño descampado de enfrente, un minúsculo solar...
fruto de la demolición de una casita antigua de una sola planta, construida con ladrillos de fina arcilla. De hecho, todavía se pueden ver los restos de su tierra cocida, reducida a un polvo anaranjado oscuro, que regresa al suelo sobre los que se erguían para formar las paredes de un hogar.
Los cotiledones del cardo mariano se orientan perfectamente hacia la luz, como si de un panel solar se trataran, y procesan el agua y los pocos nutrientes que encuentran en la raja de cemento. El palpitar de las hierbas urbanas regresa puntual, como cada año, con las lluvias otoñales, sobre todo en aquellas regiones de veranos secos y cálidos. Aparte de este cardo, otras hierbas espontáneas germinan ahora, para aprovechar la bonanza del agua del cielo y de que todavía hay días lo suficientemente cálidos para ellas, en los que pueden realizar la fotosíntesis. Una de estas familias más habituales es la de las brasicáceas. Muchas de sus integrantes muestran una flor con cuatro pétalos, de ahí su anterior nombre de crucíferas.






