Mientras los insectos con las bajas temperaturas se encargan de mejorar los sustratos en los que se asientan las plantas, los pájaros recolectan semillas o lombrices y los caracoles mantienen a raya a los gasterópodos herbívoros

Las interacciones entre la fauna y la flora no cesan en el invierno, pero hay que estar atento para descubrirlas. Aunque muchos vegetales ralentizan sus procesos, e incluso los detienen casi por completo, constituyen un recurso esencial para todo tipo de bichos. Al igual que las plantas, muchos animales también reducen su actividad, hasta el extremo de paralizarse, como ocurre con la diapausa de los insectos. Este proceso de letargo quizás se haya podido observar en las mariquitas, cuando en invierno se descubren decenas de estos coleópteros agolpados bajo una piedra o detrás de una jardinera, todos a la espera de que lleguen los días más cálidos.

En un día de sol de diciembre y de enero, ciertas criaturas retoman la actividad si el clima es suave, y en el jardín reaparecen mosquitas, avispas, abejas. Las arañas parece que mantienen sus correrías en estas semanas, y no es raro toparse con alguna mientras se cuida de las plantas. Por aquí y por allá se descubre una araña saltadora, de la familia de los saltícidos, que hace honor a su nombre dando brincos para dar caza a un insecto desprevenido. Bajo las macetas, los colémbolos se refugian de las inclemencias, como el resto del año, y estos minúsculos habitantes del balcón pueden conservar un poco de actividad. Con sus procesos biológicos son jardineros en la sombra, ya que mejoran la tierra y los sustratos en los que se asientan las plantas.