Las peculiaridades de temperatura de cada sitio marcan la diferencia que, para una planta, puede ser el margen entre la vida y la muerte. Su supervivencia también depende de su aclimatación en el lugar de cultivo
El invierno ya se olisquea, y los termómetros bajan en estas semanas de noviembre. Cuando se cultivan plantas, hay mucha diferencia entre hacerlo en una región fría o en otra más cálida. Alguien que viva en el municipio de El Pinar, en la isla de El Hierro, nunca tendrá la necesidad de cobijar
10-01/el-coleo-la-hierba-de-los-mil-y-un-colores.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/estilo-de-vida/2022-10-01/el-coleo-la-hierba-de-los-mil-y-un-colores.html" data-link-track-dtm="">un precioso cóleo (Coleus scutellarioides) de una posible noche helada, por la sencilla razón de la bonanza de su clima, con temperaturas que rondan las de una dulce primavera. Sin embargo, otro cantar se escucha en Santa Eulalia del Río Negro, en Zamora, donde en una sola noche gélida las células de muchas plantas que no sean autóctonas se congelarán irremediablemente, con sus membranas atravesadas por afilados cristales de hielo, cuál harakiri vegetal.
Con este amplio rango de temperaturas, cada persona que cuida con esmero sus plantas sabe hasta dónde puede llegar, y habrá elegido aquellas que resisten bien las condiciones que el clima de su región les marca. El dilema de si una especie puede aguantar el invierno es una constante, y cuántos jardineros no habrán probado, con los dedos cruzados, si alguna de sus plantas podría sobrevivir en el exterior. Las peculiaridades de cada sitio marcan mínimas diferencias que, para un vegetal, pueden ser el margen entre la vida y la muerte. En muchas ocasiones, si una terraza tiene una orientación oeste o sur, en vez de norte, hará que aquellas plantas cultivadas que estén un poco al límite —por necesitar temperaturas más suaves— se mantengan vivas y no necrosen sus tejidos.






