El sol y el viento no tienen que atravesar el estrecho de Ormuz, ni están sometidos al control de autócratas volátiles

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha puesto en evidencia los riesgos económicos, climáticos y de seguridad que genera la dependencia de los combustibles fósiles. Hoy, los líderes del mundo enfrentan una disyuntiva: avanzar hacia la estabilidad y la sostenibilidad que ofrecen las energías renovables, o seguir siendo rehenes de la incertidumbre en un contexto...

internacional marcado por conflictos impredecibles y crecientes rivalidades geopolíticas.

El impacto en los mercados energéticos globales ya han tenido consecuencias políticas inmediatas. Cerca del 20% del petróleo mundial transita por el estrecho de Ormuz, de modo que la disrupción causada tanto por las acciones iraníes como por las estadounidenses evidencia cómo la dependencia de los combustibles fósiles puede convertirse en una fuente de presión estratégica en tiempos de guerra o conflicto. Cada escalada militar eleva los precios. El petróleo ha superado los 100 dólares por barril, y todo indica que los precios globales de los combustibles seguirán subiendo en el futuro cercano.

Han pasado apenas cuatro años desde que otra guerra ilegal —la invasión rusa a Ucrania— disparó los precios del petróleo y del gas, poniendo de jaque, una vez más, la fragilidad de un sistema basado en la escasez. Una sola crisis vinculada a los combustibles fósiles ya debería haber sido suficiente advertencia; dos en menos de cinco años constituyen una señal inequívoca de que nuestros sistemas energéticos requieren un cambio estructural urgente.