El bloqueo del estrecho de Ormuz subraya la dependencia del petróleo y vuelve más urgente la apuesta por las energías renovables

Dos semanas después de su estallido, la guerra en Irán ha entrado en una fase en la que, de forma paralela a la respuesta militar, la estrategia de Teherán pasa por declarar la guerra a la economía global. Los misiles y drones iraníes han atacado instalaciones de gas y petróleo en Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, y han bloqueado el estrecho de Ormuz, lo que ha disparado el precio del crudo, ha provocado una sacudida en las Bolsas y tiene el potencial de desatar una crisis económica global con graves consecuencias también para los promotores del conflicto. Este sábado, Estados Unidos bombardeó instalaciones militares en la isla de Jarg, la principal terminal petrolera de Irán.

La guerra desatada el 28 de febrero por Trump y Netanyahu ha venido a recordar dramáticamente el peso que la raíz geo tiene en la palabra “geopolítica”. El estrecho de Ormuz es una de las principales arterias del sistema energético planetario. A diferencia de la crisis de 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, que golpeó principalmente a Europa, por ese angosto paso de 33 kilómetros transita aproximadamente el 20% del petróleo que se comercializa en todo el mundo y una parte muy importante del tráfico de mercancías, incluidos los fertilizantes y otros productos químicos derivados del petróleo (como el azufre, clave para la producción de aluminio y níquel destinado a las industrias automovilística y electrónica). Su cierre prolongado tiene efectos muy desestabilizadores sobre el conjunto de la economía. Consciente de esa baza, el régimen de los ayatolás parece decidido a hacer del estrecho el principal campo de batalla. Una situación de riesgo extremo que ha disparado además el coste de los fletes marítimos y las primas de los seguros por las cláusulas de guerra. En este conflicto, la geografía importa casi tanto como la tecnología.