La carestía del petróleo y el gas a causa de la guerra en Oriente Próximo obligan a Europa a acelerar su apuesta por las renovables

Durante décadas los economistas han teorizado sobre las consecuencias de una guerra con Irán con un temor en mente: que el estrecho de Ormuz, punto crítico mundial para el tráfico de mercancías y de combustibles fósiles, se convirtiera en campo de batalla. Hoy ese miedo se ha hecho realidad y sus primeras consecuencias ya se dejan sentir: la subida del precio del petróleo ...

se ha trasladado a los surtidores de las gasolineras —con máximos en tres meses— y los del gas se han disparado esta semana casi un 50%.

Un conflicto de esta envergadura tiene un impacto notable para los consumidores y para el conjunto de la economía mundial, aunque sus consecuencias definitivas dependerán de su duración y del alcance destructor y desestabilizador de los ataques. Por lo pronto, la guerra ya ha provocado la caída de las Bolsas internacionales y la alteración del tráfico aéreo y del transporte marítimo a través del estrecho de Ormuz, la vía por la que hasta hace poco transitaba el 20% del petróleo y el gas mundiales.

Es evidente que la extensión de la contienda por todo Oriente Próximo tiene un mayor impacto para Europa —que lidia al mismo tiempo con la guerra en Ucrania— que para Estados Unidos, protegido por dos océanos de las consecuencias directas de la guerra, exportador neto de gas y petróleo y cuya divisa es un valor refugio en tiempos de incertidumbre. Aunque el escenario actual nada tiene que ver con el de Siria en 2015, una nueva oleada de refugiados huyendo de los bombardeos podría convertirse en un elemento de tensión en el continente europeo que Washington observaría desde la distancia.