Guillermo Cabellos |

Barcelona (EFE).- En 1867, el Consell de Cent de Barcelona nombró como patrona de la ciudad a la Mare de Déu de la Mercè, lo que dividió devociones entre sus partidarios y aquellos que seguían depositando su fe en la mártir Santa Eulàlia. Este lunes, el Palau Sant Jordi ha sido testigo de la santificación de Rosalía, la mujer a la que hoy los barceloneses adoran.

Con ella y su ‘Lux’, los mecanismos del fervor tradicional, concentrados en la estampita que asoma en la billetera, y el contemporáneo, algo así como llevar de fondo de pantalla a tu artista favorito, convergen y conducen a que el fenómeno fan peregrine a la capilla barroca.

Así lo han hecho cerca de 18.000 feligreses, que con sus mejores hábitos han subido a la montaña de Montjuïc para ser testigos de la consagración musical y mística de la artista de Sant Esteve Sesrovires, por fin en casa después de abrir gira en Lyon y seguir por París, Zúrich, Milán, Madrid y Lisboa.

Después de media hora de espera, el telón que cerraba el escenario del pabellón se ha abierto y, tras él, han aparecido unos operarios con una caja, que una vez desmontada ha revelado a Rosalía vestida con un tutú, como si fuera una bailarina en una caja de música, y, hierática, ha entregado a su gente ‘Sexo, violencia y llantas’ y ‘Reliquia’, que el Sant Jordi ha recibido con un tremendo estruendo cuando ha cantado eso de que «crecí y el descaro lo aprendí, por ahí por Barcelona».