La catalana actúa en el Sant Jordi enmarcada por un espectáculo concebido como una obra antigua
Ni comienza ni concluye trepidante. La velocidad es el alma de los conciertos de pop contemporáneos y al ojo no se le otorga tregua. El espectáculo es velocidad, como un extremo desbordando. Por eso el directo de Rosalía llama la atención buscando un espacio propio, un lugar de cierto sosiego que comienza con la música clásica recibe al público en el recinto. Este lunes tocaba Barcelona, en el primero de s...
us cuatro conciertos en su ciudad, como dijo emocionada, lagrimeando de verdad, evocando a Peret, en el Palau Sant Jordi. Todo lleno por supuesto. Y comenzó ralentizado, con ella suspendida por sus bailarines como si fuese una estatua griega que cambia de emplazamiento en el Louvre. El público, que ya se sabía todo lo necesario sobre el concierto, no dejó de asombrarse, porque aún con todo, nada como estar ante la estrella.
Y es que escuchar a Rosalía cantar Sexo violencia y llantas, Reliquia, con ella estática, casi como Lot hecha sal tras mirar la ciudad prohibida o Porcelana, es algo que impacta. Como sus lágrimas, como lo que luego ocurriría en una actuación extraordinaria enmarcada en un espectáculo que es bastante más que luces y velocidad. Llámeselo arte.







