La cantante es una artista de vanguardia que ha logrado adelantarse a la mutación de la sensibilidad de nuestro tiempo
Mañana, la otra reina de España vuelve al palacio donde más brilla: Rosalía actúa en el Palau Sant Jordi. La primera vez fue para escuchar a otros miembros de la alta nobleza del pop español: los condes de la Casa Muñoz del Cornellà de los Polígonos,
rget="_self" rel="" title="https://elpais.com/ccaa/2019/12/15/catalunya/1576405378_659980.html" data-link-track-dtm="">los hermanos de Estopa. Pero desde 2019, con aquella poderosa actuación en el tramo final de la gira de la obra maestra que es El mal querer, ella es la reina y señora del Sant Jordi y nadie discute su magistratura en el templo del pop barcelonés. Allí ha podido contemplarse la metamorfosis de una artista de vanguardia que en su obra ha logrado avanzarse a la mutación de la sensibilidad de nuestro tiempo y descifrarla para que lo interiorice el gran público que en todo el mundo la contempla con justificada devoción.
El mal querer, como es bien sabido inspirado en El Roman de Flamenca (una novela occitana del siglo XIII), es el único álbum español que aparece entre los 50 mejores del siglo XXI, según la revista Rolling Stone, y fue elegido el segundo mejor de los últimos 50 años en nuestro país por parte de los expertos de Babelia. El espíritu del disco lo descifró la modélica periodista cultural que es Noelia Ramírez: “Quería preguntarse por la vigencia en la posesión patriarcal de la mujer”. La respuesta, como señaló Ramírez entonces, era la canción con la que cerraba aquella magnética actualización del amor cortés: A ningún hombre. Y, concretamente, ese verso de arranque con dolida entonación flamenca y acompañado por una música tan sufí como metálica: “A ningún hombre consiento que dicte mi sentencia”. La tensión, por una parte, entre el amor sexual y el desamor que destroza y, por otra, el radical anhelo de libertad de una mujer en el presente como clave de la vida es, creo, el núcleo de su obra. En ocasiones, dicha tensión se resuelve en la pura belleza estética, la complicidad con las amigas (como cantaba en Motomami, como ocurre ahora en el confesionario antes de la juerga de La perla) o un abanico de formas de mística auténtica y popular.







