De Warhol a Dalí, pasando por Pink Floyd, el satélite ha sido en la cultura la aspiración de modernidad más arraigada

El viaje del Artemis II hasta la cara oculta de la luna ―y algunos comentarios sobre la anterior expedición―, ha traído a la memoria el verano de 1777, cuando se estrenaba la ópera bufa de Haydn, a partir de un libreto de Goldoni, Il mondo della luna. La trama, grata a cu...

alquier conspiranoico, habla de un falso astrónomo quien, a partir de ardides, hace creer a un viejo que aquello que ve desde su telescopio no es una realidad construida sino la luna misma. Llega incluso a hacerle creer que está volando hacia el satélite ―tras ingerir una pócima y dormirse―, donde se reunirán con el rey.

La divertida peripecia es uno de los tantísimos ejemplos que en Occidente han situado al satélite ―y al espacio en general― como punto de mira de los deseos y las fantasías terrícolas que, mitad sueño imperialista y mitad melancolía hacia lo inalcanzable, han proyectado la mirada más allá del cielo visible en busca de novedades. A fin de cuentas, la luna, el espacio exterior, ha sido en la cultura ―también en la popular― la aspiración de modernidad más arraigada. Desde el papel escenográfico de la luna en la Gerusalemme liberata de Tasso a finales del XVI, hasta el Major Tom de David Bowie el año 1969, la luna ha flirteado con nosotros a través de sus cambios de humor y sus ciclos; su color blanco plata.