Recordar el golpe de Estado de 1976 en Argentina nos permite entender que hubo una generación que se atrevió a soñar en voz alta
En noviembre de 1978 mi madre llegaba al aeropuerto de Barajas desde Buenos Aires con el exilio garabateado en la cara y un dolor inabarcable impregnado de derrotas en el corazón. De su mano íbamos mi hermana mayor y yo, y en su tripa nuestra hermana menor.
Dos años antes, un 24 de marzo, una junta de militares liderada por Jorge Rafael Videla tomaba el poder en Argentina a través de un golpe de Estado. Se iniciaba así uno de los periodos más sangrientos y crueles de la historia del país. Las torturas, asesinatos, secuestros, la desaparición forzada de personas, el robo de bebés y el miedo impuesto a toda la sociedad fueron sus señas de identidad.
La dictadura quiso borrar todo rastro de disidencia y con ella eliminar de raíz a una generación entera de pensadores y activistas. Entre ellos el compañero de mi madre, mi padre, el actor Diego Fernando Botto.
La memoria es constitutiva de nuestra identidad. Lo es porque somos el cúmulo de vivencias y hechos que nos precedieron. Somos el conjunto de amores, desamores, afectos, victorias, derrotas, trabajos, llantos, alegrías y rutinas que hemos ido acumulando a los largo de nuestra vida. Si alguien nos arrebatara de repente alguna parte de nuestro pasado, sin duda modificaría nuestro presente. Ninguno de nosotros sería exactamente el mismo sin aquel beso que dimos por primera vez al amor de nuestra vida, sin aquel viaje con nuestra madre, sin aquel trabajo o aquel acto de rebeldía que tanto nos influyó.











