“Mi padre volvía de la Escuela de las Américas, de aprender a torturar, a secuestrar por parte de los militares franceses, y me traía una muñeca divina. Mi vida fue ese tironeo: entre la ternura y el horror”, cuenta una de las voces

En un contexto político donde las políticas de memoria vuelven a ser cuestionadas y relativizadas, Desobedecer.org introduce una dimensión poco explorada: la fractura interna dentro de las familias vinculadas al aparato represivo de la última dictadura argentina (1976-1983). Proponen una lectura contemporánea del Nunca Más desde la desobediencia íntima y la acción pública. Estas son alguna de sus historias.

Su punto de partida no es solo la historia familiar, sino una toma de posición: “Bueno, sos hija. ¿De quién sos hija? Tenés que hacerte cargo y ver qué hacés con eso”. Y ahí, dice, tomó una decisión: “No hay un destino. Yo puedo hacer otra cosa.”

Erika Lereder sostiene que el primer lugar “para la construcción de la memoria es apelar a sus víctimas". "Pero los hijos de genocidas", agrega, "ocupamos en este sentido un lugar en segundo plano, no somos víctimas. Nuestro testimonio no es central para abordar el tema: nosotros somos una especie de rueda de auxilio. Somos actores de reparto, de ningún modo somos actores principales”. Declarar, hablar, exponerse implica una pérdida: “Pasás a la incomodidad, se pierden cosas”. Pero también una ganancia: “El día que declaré en el juzgado, lo que sentí fue paz. Paz con uno mismo y con la sociedad.”