El precio del dinero podría subir para evitar una espiral inflacionista si las consecuencias del conflicto se agravan todavía más

La guerra en Oriente Próximo ha puesto en guardia a los principales bancos centrales del mundo, que temen que el encarecimiento de los precios de la energía se traslade con contundencia a la inflación si el conflicto se prolonga. De momento, las autoridades monetarias han decidido mantener sin cambios los tipos de interés en sus encuentros d...

e esta semana, pero eso puede cambiar con rapidez si las consecuencias del ataque lanzado el 28 de febrero por Trump y Netanyahu se agravan. Basta con ver lo sucedido en las últimas horas con el precio del gas, que ha llegado a subir en algunos momentos más de un 30% en una sola jornada tras el bombardeo de la planta catarí de Ras Laffan —la mayor infraestructura de exportación de gas licuado del mundo— y de una terminal petrolera saudí en el mar Rojo. Irán está dispuesto a utilizar la baza de la economía como arma de guerra, y eso pasa por una escalada del conflicto, ataques a instalaciones energéticas y el bloqueo del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.

La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, fue clara ayer en su análisis: la guerra ha creado riesgos —al alza para la inflación y a la baja para el crecimiento— que hacen que las perspectivas sean mucho más inciertas. Por ahora, la Reserva Federal confía en que la crisis de suministro energético sea transitoria y que el aumento de los precios del petróleo y del gas sea, por tanto, temporal. La guerra, en cualquier caso, ha transformado por completo el escenario financiero, y la pausa en las bajadas de tipos prevista para esta primera mitad del año podría transformarse en alzas del precio del dinero para evitar una espiral inflacionista. Los banqueros centrales parecen tener presente la experiencia de 2022, cuando ignoraron durante demasiado tiempo la naturaleza y la persistencia del shock energético derivado de la invasión rusa de Ucrania, retrasaron durante meses la subida de los tipos y, con ello, propiciaron la extensión de las presiones inflacionistas. De momento, la guerra ha elevado la presión sobre la deuda pública y ha elevado el precio que los países tienen que ofrecer a los inversores para colocar sus bonos.