Bruselas y Fráncfort alertan del peligro de entrar en una fase de bajo crecimiento y alta inflación, de hasta un 6%, si el conflicto en Oriente Próximo se enquista
Vuelve el riesgo de estanflación, esa maldita palabra, 50 años después de uno de esos episodios que parecen contra natura. La mezcla de alta inflación y bajo o nulo crecimiento, es decir, que los precios de la vida suban con fuerza en medio de una economía al ralentí, resulta uno de esos escenarios infrecuentes en los países desarrollados que solo una buena conmoción externa puede acabar provocando. La debilidad del consumo y la inversión tiende normalmente a enfriar salarios y costes, pero cuando estos crecen de forma prolongada por un factor exógeno que escapa a la ley de la oferta y la demanda —por ejemplo una guerra como la de Irán— pueden acabar estancando la actividad y que ese parón tampoco sirva para suavizar la inflación.
Hay que retroceder a la crisis petrolera de los setenta para encontrar un ejemplo de esto, pero las llamadas de atención sobre este asunto se han acumulado en los últimos días, especialmente en Europa, conforme el conflicto cumple ya un mes en marcha. “Está claro que nos encontramos ante un riesgo de una crisis de estanflación”, advirtió la semana pasada el Comisario de Economía, Valdis Dombrovskis. El gobernador croata Boris Vujcic, que en mayo asume la vicepresidencia del Banco Central Europeo (BCE), lo resumió con estas palabras en una reciente entrevista con Bloomberg: “No vemos estanflación, pero nos estamos moviendo en esa dirección, cuán lejos lleguemos hacia eso resulta muy difícil de predecir”.







