El presidente de Estados Unidos aplica en geopolítica el manual habitual de su vida, pero se expone a potenciales conflictos de intereses
La ofensiva en Oriente Próximo invita a repasar algunas ideas de los últimos meses. No nos encontramos ya ante la doctrina ‘Donroe’, corolario donaldiano de la vieja Monroe, versión particular del antiguo intervencionismo en América Latina, con sello abiertamente oportunista. Tampoco, desde luego, aplica a Donald Trump la doctrina Powell (en referencia al general Colin Powell, jefe de la dipl...
omacia de George W. Bush entre 2001 y 2005, plena guerra de Irak), que establecía el uso de la fuerza militar como último recurso, siempre con objetivos claros y realistas e instaba a buscar el apoyo público. Una vez decidido el ataque, eso sí, debía resultar aplastante para lograr una victoria rápida. El republicano sí quiere un desenlace temprano, pero no tiene, en principio, intención de enviar soldados sobre el terreno, ni se puede decir que se haya esmerado en una campaña de apoyo internacional previa.
Tiene rasgos de Madman theory (teoría del hombre loco), la estrategia que Richard Nixon utilizó y que consistía en hacer creer al líder norvietnamita, Ho Chi Minh, que era capaz de absolutamente cualquier cosa, incluido el uso de armas atómicas, para terminar con el conflicto. Las bravuconadas de Trump (este sábado, por ejemplo, amenazó con la “destrucción total” de Irán) y la bruma sobre sus intenciones (“Podría hacerlo o podría no hacerlo. Nadie sabe lo que voy a hacer”, respondió este verano a la pregunta de si atacaría), invitan al paralelismo. Pero tampoco resulta exacto, no hay un plan transparente detrás.






