El primer ministro laborista Harold Wilson se negó en los años sesenta a enviar tropas a la guerra del sureste asiático, pero sí ayudó a Washington

Keir Starmer ha entendido que es más fácil soportar el desdén de Donald Trump que el enfado de los ciudadanos británicos. Pero un político tan reflexivo y cauto como el primer ministro británico nunca actúa por impulso. Y

-laborista-de-starmer-sufre-otro-golpe-electoral-y-queda-detras-de-los-verdes-y-la-ultraderecha.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2026-02-27/el-partido-laborista-de-starmer-sufre-otro-golpe-electoral-y-queda-detras-de-los-verdes-y-la-ultraderecha.html" data-link-track-dtm="">dadas algunas de sus inexplicables decisiones desde que entró en Downing Street hace casi 20 meses, muchas de las cuales han sido un tiro en su propio pie, tampoco parece hacerlo por electoralismo.

La sombra de la guerra de Irak ha pesado mucho en su decisión de no participar directamente en el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. Aquel conflicto, contrario a la legalidad internacional, fue el principio del fin del Gobierno de Tony Blair, que se entregó incondicionalmente al ardor guerrero del republicano George W. Bush. Starmer era entonces un joven abogado, especializado en Derecho Internacional Humanitario, y estuvo entre quienes se opusieron con más firmeza a la aventura bélica de Blair. Nada bueno puede surgir de una acción ilegal, defendía entonces.