El primer ministro, bajo la sombra de la guerra de Irak, toma distancia de su aliado y acusa de ilegal la ofensiva
Alguna prensa británica lo ha bautizado como el “momento Love Actually” de Keir Starmer, aquella escena de la comedia romántica de obligatoria reposición cada Navidad en la que el primer ministro británico, representado por Hugh Grant, planta cara en una rueda de prensa, para regocijo de sus asesores, los periodistas y el público, al matonismo del presidente estadounidense, que reacciona con desagradable sorpresa ante la rebelión de su tradicional aliado.
Donald Trump está irritado porque Starmer ―su amigo, su cómplice, un “buen tipo”, como lo llegó a definir― ha dicho que el ataque concertado de Estados Unidos e Israel contra Irán es ilegal, y lo que es peor, poco eficaz, porque “no se cambia un régimen político desde los aires”.
Trump no ha tardado en ventilar su ira, en una entrevista telefónica con el diario The Sun. “[Starmer] No ha ayudado mucho. Nunca pensé que diría esto. Nunca pensé que vería esto del Reino Unido. Francia, por ejemplo, ha estado fantástica. Todos han estado fantásticos. El Reino Unido se ha comportado de modo muy diferente”, se quejaba el estadounidense.















