Adscritos al movimiento ‘slow food’, la cocina consciente de Eva Davó y Jaume Vilá está basada en productores locales y un recetario tradicional valenciano, pero creativo
Una de las postales más extrañas de la dana no se vio en los pueblos arrasados por el tsunami de lodo. La capital valenciana amaneció intacta, con cierto aire de normalidad. Sin embargo, comercios, centros educativos, administraciones y todo tipo de servicios no pudieron abrir sus puertas: entre 500 y 800.000 personas estaban atrapadas en una lengua de barro y residuos al otro lado del nuevo cauce del Turia. Los cinco millones de toneladas de escombros o los 130.000 coches siniestrados eran una dimensión inimaginable para cualquiera que paseara a pr...
imera hora del 30 de octubre de 2024 por una ciudad sospechosamente tranquila.
En el corazón de su bario más creativo y gentrificado, Eva Davó y Jaume Vilá decidieron que no debían abrir su local, La Cantina de Ruzafa (Carrer del Literat Azorín, 13-A): “lo que había pasado era demasiado grave”. Tardaron un mes en volver a ser la casa de comidas slow food con almuerzo de pataqueta y menú casero a 13 euros. Ese espacio, la antigua fábrica de guitarras Vicente Tatay y sede del partido Unificación Comunista de España, se convirtió en centro de recepción y distribución de ayuda, en cocina central (1.000 platos calientes y 2.000 bocadillos al día) y, sobre todo, en el lugar donde vecinos de toda la vida, parejas, jóvenes familias y expats se pusieron nombre y contacto de WhatsApp por primera vez.






