Hay una postal de Tortosa que conviene verla en persona. En lugar de dirigirse al alojamiento nada más llegar para dejar las cosas, cambia todo si primero se hace una parada en el barrio de Ferrerías, en la margen derecha del Ebro. La fotografía es la siguiente: el río descansa tumbado y la Tortosa vieja, ya en la orilla, se despliega en cinco o seis alturas, no más, y muestra su cara en cinco o seis variaciones del ocre. Arriba del todo, en armonía con el resto de los edificios, despunta el castillo de la Zuda, sobre el que construyó el parador en 1976.

Desde este hotel dominante –las vistas presagian todo lo que se va a ver después– se puede bajar andando a los Reales Colegios, renacentistas, donde se trataba de reeducar a los moriscos a base de tocino y vino en el siglo XVI. También queda cerca la inacabada catedral, de fachada barroca decorada con mármol, y las casas modernistas, como la Grego, prueba de un resurgimiento a finales del XIX de una burguesía ligada al comercio de aceite. Visitados los monumentos, si se sigue río abajo a lo largo de 30 kilómetros, se llega al delta del Ebro, un humedal tapizado por arrozales y 350 especies de pájaros que los sobrevuelan. Otra historia. Uno se olvida de que allí mismo está el mar.