Esta villa atravesada por el Duero presenció cómo España y Portugal se repartieron el mundo en 1494, guarda un arte hispanomusulmán sobresaliente en el monasterio de Santa Clara y cuenta con un parador en el que alternar el ‘spa’ con un asado castellano

El otoño tiene sus cosas: los chopos se desvisten de sus hojas amarillas en la ribera del Duero a la altura del embarcadero de Tordesillas (Valladolid). Por la camita vegetal que se forma discurren los paseos a caballo organizados por el centro ecuestre. En la lejanía, pero con nitidez, se aprecia el real monasterio de Santa Clara, arte hispanomusulmán sobresaliente. El sol bajo de noviembre entra con prudencia por los tragaluces con forma de estrella que rompen la bóveda de sus baños árabes. Las Casas del Tratado, en las que España y Portugal se repartieron con diplomacia el mundo en 1494 para no ir a la guerra, se visitan a solas. La bodega subterránea Muelas enseña sus cuevas de hasta 13 metros de profundidad repletas de vino de Rueda tras una vendimia generosa. La sauna y el baño turco del parador, ubicado a las afueras por su antigua condición de albergue de carretera, llaman la atención en las horas muertas sin luz previas a la cena. La sopa castellana (a saber: pan, ajo, huevo, jamón) pone buen cuerpo antes de dormir. Es lo que tiene Tordesillas en esta época del año.