En los Arribes del Duero, dura garganta de granito excavada por el laborioso río antes de convertirse en el portugués Douro, el viñedo se debate entre el ser y la nada, aferrado a las empinadas laderas del valle fluvial. Allí dibuja un prodigioso paisaje de bancales sobre terrenos de roca berroqueña. En esta geología abrupta, recia y mineral, donde las aves gozan de protección y cobijo, se siguen cultivando variedades casi extintas, como la autóctona tinta juan garcía, que defiende orgullosa su personalidad. Con ella se elaboran vinos acordes con las tendencias actuales: sabrosos, ligeros, frescos y afrutados, especialmente si proceden de viñas muy viejas, centenarias y, en algunos casos, prefiloxéricas. Aunque dominante, no está sola. Afortunadamente, se han recuperado otras cepas singulares, como la mandón, diferente a la garró y a su homónima de Baleares, de cultivo complicado, maduración muy tardía, y apenas sostenible económicamente; o la bruñal, de nombre evocador y origen incierto, procedente en todo caso del noroeste de la península Ibérica, pero que en los profundos valles de los Arribes ha sobrevivido pese a las dificultades de cultivo. Existen otras variedades endémicas y minoritarias, como bastardillo chico, gajo arroba o tinto jeromo, cuyo potencial enológico está por desarrollarse. Hoy es posible disfrutar de su perfil aromático y su equilibrado sabor gracias a la labor impagable de esforzados y viñadores y bodegueros. Una extraordinaria labor no siempre reconocida.
Seis soberbios tintos para descubrir los Arribes del Duero
En la DO Arribes es grandioso el paisaje, pero muy pequeña su realidad vitivinícola. Por eso, los vinos tienen que ser necesariamente grandes para sobrevivir






