Si a Nerón se le antojaban uvas a las cuatro de la mañana, uno no debiera sentirse mal porque alguna vez le apetezcan un atascaburras o unos gazpachos manchegos: la vida es ir compensando y no va a ser todo
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astronomia/2024-11-10/cocina-callejera-para-hacer-en-casa-de-los-bubble-teas-chinos-a-las-bolitas-con-pulpo-japonesas.html" data-link-track-dtm="">bubble tea. Sin embargo, uno de los problemas de la cocina de Castilla-La Mancha es precisamente encontrarla fuera de Castilla-La Mancha. No importa la ciudad: lejos de la jurisdicción de García-Page, no se sabe qué es más difícil, si ver un sitio donde sirven morteruelo o uno donde no sirven gyozas. Ocurre hasta en Madrid, que habrá o no habrá sido un lugarón manchego, pero que hasta los noventa, en cualquier bar con grasilla, tenía en exposición sus buenos zarajos. ¿Qué hacer?
Lo primero, detenerse un poco. Hoy, se habla de la cocina de La Mancha —y de la Alcarria y la Sagra, y de los Montes de Toledo…— y se piensa en El Bohío y en Maralba, en Iván Cerdeño, en aquel pionero que fue Las Rejas o en lugares como Casas-Ibáñez y Sigüenza. Pensamos en Castilla-La Mancha y pensamos también en esos airenes de pie franco que nunca habíamos probado y en algún malvar viejo que creíamos que ya no volveríamos a probar. Es más, el mundo no reconocería una despensa como española sin exportaciones de bandera como el ajo morado, el queso o el azafrán. Y aun así, bien puede pensarse que —hasta ahora— la manchega ha sido una cocina mal conocida y poco viajada: incluso entre gastrónomos habrá quien piense que “alajuz” no es un dulce de La Mancha sino el campeón noruego de los World Cheese Awards. En fin: uno puede comerse una fabada en Cádiz y una paella en Ferrol, pero no unos galianos —grandes tapados de la cocina española— en Asturias. Nuestro interés por la culinaria de La Mancha ha sido, si acaso, antropológico: qué se decía de las pepitorias o incluso del caviar en el Quijote. Por lo demás, parecemos haber sido condenados a versiones apresuradas para el turista, en mesones donde se nos informa de que “Cuenca es única” y la palabra “comer” se ve sustituida por la palabra “yantar”. Así, para encontrar buena cocina manchega —pensaba— afrontamos el dilema dramático de desplazarnos a La Mancha o raptar a una nonna de Villarrobledo.






