La presidenta se acerca a la Casa Blanca otorgándole una medalla mientras que la oposición pide la distinción para el cantante que asombró al mundo durante la Super Bowl

De niño, Donald John Trump acompañaba a su padre a cobrar el alquiler de los inquilinos de sus edificios en el Bronx. Benito Antonio Martínez Ocasio cantaba en el coro de una iglesia católica en Puerto Rico. A los dos, la vida los ha llenado después de riqueza y fama, pero también los ha convertido en enemigos irreconciliables. El primero, como presidente de Estados Unidos, asistió estupefacto al espectáculo del segundo en el descanso de la Super Bowl. Pensó que Benito, Bad Bunny de nombre artístico, no vocaliza bien y que sus bailes son patéticos. Intuyó, además, que era una manera de provocarle, y no estaba muy equivocado. Desde ese instante, el mundo ha quedado partido entre Trump y Bad Bunny como las dos mitades exactas de una misma naranja.

Ese corte limpio ha llegado a Madrid. No habían pasado ni 24 horas del show cuando el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso anunció la medalla internacional de la región a Estados Unidos, en el 250 aniversiario de su independencia, por tratarse del “faro del mundo libre”. La presidenta se lo concede a una nación gobernada en este momento por una administración que persigue a los inmigrantes por las calles y amenaza la soberanía de otros países. En el entorno de Ayuso insisten en que se trata de una distinción a la historia de este país en su conjunto, no necesariamente al momento actual, pero a nadie se le escapa el guiño a la Casa Blanca.