El presidente de Estados Unidos, quien dijo que hay que agarrar a las mujeres por el coño, entendió perfectamente el maravilloso espectáculo del puertorriqueño, la mayor bofetada política que le han dado en público por primera vez
Llevan las redes varios días con sus noches bombardeando con la increíble movida que montó Bad Bunny en el gran tazón. Y no me extraña. Y me encanta. Y nada me hace más feliz. Cuando llevábamos más de un año de impotencia encadenada, de frustración continua, de bajar la cabeza ante la completa y sistemática humillación de este regreso del fascismo y su desfile global por nuestros ojos, la resistencia comienza a armarse y ha explotado con rabia y alegría al compás de los ritmos latinos.
El basta ya comenzó pasadas las navidades, desde el frío en las calles de Minneapolis, mientras miles de ciudadanos hacían frente a las SS del hielo resucitadas con las caras cubiertas de las bestias del ICE. Pero el domingo por la noche en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, durante el descanso del partido entre los Patriots y los Seahawks, el grito de rechazo ante lo que estamos soportando se calentó...
Ganaron los Seahawks, pero eso, ¿a quién le importa? Lo que pasará a los anales del espectáculo no fue el partido, sino la ardiente y fogosa rebelión de un puertorriqueño orgulloso llamado Benito Antonio Martínez Ocasio, consciente de que tiene en su mano un arma de construcción masiva: la música. Es el idioma que mejor entienden todos los colectivos a nivel mundial. Por eso la revuelta del domingo adquiere un nivel de categoría que va más allá de la esfera política —incapaz hasta ahora de plantarle cara— para ser liderada desde la cultural. Eso es lo que más les puede asustar. A todos los que como él aspiran a acallarnos. Por eso, el clamor de Bad Bunny no debe quedarse solo ahí y prender en otros ámbitos. Se necesita valentía y fuerza para dar el paso. Lo hizo el músico y con ello trascendió los límites de su propia figura para erigirse en un ídolo de masas carismático al ampliar así el campo y penetrar en otros ámbitos incluso ajenos a su fenómeno artístico. Se aupó como un referente social de altura, en un necesario icono cultural con una actuación cargada de significados evidentes para empezar a dar una batalla que otros, aunque les paguen para ello y esté entre sus obligaciones a la hora de defender la democracia, no se atreven a dar.
















