La memorable actuación del cantante en la Super Bowl golpea al corazón de la xenofobia trumpista

La memorable actuación de Bad Bunny en la Super Bowl no fue un gesto simbólico. Fue una intervención política en el centro mismo del relato estadounidense. Cantó en español en el escenario más visto de Estados Unidos y, al hacerlo, desplazó el centro de gravedad cultural de un país que lleva años debatiéndose, a veces con violencia, sobre quién pertenece a él y en qué lengua se expresa esa pertenencia. Millones de personas en EE UU viven, trabajan y sueñan en español. El show no se lo explicó; lo dio por hecho. Bad Bunny puso en escena una verdad que incomoda a Washington desde hace décadas: Estados Unidos no se entiende ya sin América Latina, aunque una parte de su clase dirigente se empeñe en negarlo.

La Super Bowl, el Super Bowl, como se conoce en algunos lugares de América porque es la traducción de “tazón”, es, quizás, el último ritual verdaderamente compartido de la cultura estadounidense. Un espacio diseñado para la unanimidad, la épica nacional, la identidad sin fisuras. Por eso importa tanto lo que ocurrió el domingo. No fue un triunfo individual, ni siquiera solo generacional, sino la cristalización de una relación asimétrica. Durante décadas, Estados Unidos ha mirado a Puerto Rico y al Sur como frontera, como problema, como espacio a contener. La migración ha sido narrada en clave de amenaza, crisis o excepcionalidad. Bad Bunny hizo algo radicalmente distinto: la convirtió en normalidad. Ahí reside el verdadero contenido político del espectáculo. El español no apareció como lengua de resistencia, sino de presente. No como memoria, sino como realidad viva. En un momento de criminalización del extranjero y de nostalgia por una América homogénea que nunca existió, el mensaje fue brutalmente sencillo: esta es la América que está y sigue aquí.