Más allá de la xenofobia, como quedó claro en la actuación de Bad Bunny en la Super Bowl la existencia de diferentes idiomas enriquece a los países, no los debilita

“Buenas tardes, California. Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio…”. El show del cantante puertorriqueño Bad Bunny, el pasado domingo en el intermedio de la Super Bowl, un despliegue de orgullo hispano, una reivindicación de América más allá de las fronteras y de la doctrina Monroe, ha provocado una irritación enorme en el presidente Donald Trump y en todo el movimiento Maga por su uso del español y del boricua, el dialecto de Puerto Rico. La cadena ultraconservadora Fox hablaba de “choque cultural” y de “barreras lingüísticas” por no cantar en inglés. Hasta la segunda presidencia de Trump, EE UU no había tenido al inglés como lengua oficial. En la vida real, más allá de la xenofobia, como ocurre en casi todos los países del mundo, la existencia de diferentes idiomas enriquece a los países, no los debilita.

La idea de que un Estado fuerte solo puede tener un idioma comenzó a imponerse tras la Revolución francesa y se ha convertido en una obsesión de las derechas de medio mundo, incluyendo España. A partir del siglo XVIII y con más intensidad desde el siglo XIX, con la consolidación de algunos Estados europeos, poco a poco se fueron imponiendo las lenguas nacionales, en algunos casos, como en Francia, de manera arrolladora. El historiador Graham Robb dedica un capítulo de The discovery of France, un ensayo sobre la sociedad y la historia de Francia, a las lenguas desaparecidas en este país por culpa de los esfuerzos del abad Grégoire tras la Revolución. Consideraba que “sin lenguaje nacional, no podía haber una nación” y se puso como misión casi divina “exterminar los patois”, los dialectos regionales.