Qué raro es el contraste entre una situación global distópica y la vida cotidiana paralela: criar a una niña o tener que ir a trabajar
Hey, el mundo está tan tremendo que la banda sonora taquicárdica que pone Ferreras en su tertulia ya no suena exagerada. Algunos días, los mejores, me coge Al rojo vivo en casa y aprovecho para hacer gimnasia en el salón —debería llamarlo salita—, porque sobreimpresionan un reloj con segundero, que lo hace todo más frenético, pero con el que, además, puedo controlar los 40 segundos de ejercicio de alta intensidad y los 20 segundos de descanso. ...
Así que Ferreras dice que Trump amenaza con tomar Groenlandia y yo hago burpees, así que Ferreras dice que el ICE está matando a gente por ahí y yo me pongo con las sentadillas, así que Ferreras dice que Putin presume de potencia nuclear y yo practico el peso muerto rumano con las mancuernas que me trajeron los Reyes, doblando convenientemente las rodillas para no dañarme la lumbar.
Mens pútrida in corpore sano.
Qué raro es vivir con esta sensación de futuro abolido —me jode sobre todo por mi hijita, que todavía cree que el mundo es bueno: nos esforzamos en que aún lo sea para ella— y seguir haciendo vida normal, y que la vida, en cierto modo, lo siga siendo —si es que es normal, por ejemplo, la estafa de la vivienda—. Circula un meme en el que se intersecan tres círculos. Uno dice: “catástrofe climática inevitable”; otro dice “preludio de la Tercera Guerra Mundial”; otro dice “colapso del capitalismo tardío”. Y en la intersección de los tres se lee: “Tener que ir a trabajar”.






