Tres científicos sostienen que acciones modestas pueden lograr un estado de bienestar que no tiene mucho que envidiar a las intervenciones psicológicas más ambiciosas
Te levantas, echas un vistazo al periódico y, oh boy, te dan ganas de volverte a la cama. Perdón por lo de oh boy; no es más que un homenaje a John Lennon por la misma canción de la que he robado el título de esta columna, A day in the life, que empieza I read the news today, oh boy… (“He leído una noticia, madre mía…“) y narra a continuación un suceso horrible, o varios. Mientras escribo esto, el periódico me informa de que
-atacado-objetivos-del-estado-islamico-en-nigeria.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2025-12-26/trump-asegura-que-estados-unidos-ha-atacado-objetivos-del-estado-islamico-en-nigeria.html" data-link-track-dtm="">Estados Unidos ha atacado al Estado Islámico en Nigeria; Donald Trump pone su nombre a buques de guerra, centros de arte y salones de baile; 11 carreteras están cortadas por el temporal; corrupción, polarización, ultraderechismo, desigualdad, vivienda imposible y oh boy.
Los periodistas somos famosos por el refrán No news, good news, si no hay noticias, son buenas noticias, que refleja el hecho evidente de que las noticias son malas por definición. Que un charcutero te venda mortadela en buen estado no hace un titular ni en la gaceta universitaria. Si el charcutero quiere salir en las noticias, lo mejor que puede hacer es intoxicar a 20 familias. Como lectores, nos podemos quejar de que eso imprime un sesgo a nuestra percepción del mundo, pero lo cierto es que la razón de ser de un periódico no es celebrar lo que va bien, sino denunciar lo que está mal.






