En Proust y la neurociencia (Paidós, 2010), el deslumbrante —y caído en desgracia— Jonah Lehrer armó una operación interesantísima: analizar de qué manera las conclusiones de artistas como el escritor Marcel Proust —en este caso, sobre el funcionamiento de la memoria— han sido validadas al detalle por investigaciones científicas posteriores. Aunque en El puente donde habitan las mariposas, la física teórica y neurocientífica Nazareth Castellanos trabaja con una ambición similar, el procedimiento se torna ligeramente más artificioso por contener más de interpretación personal y el resultado no alcanza la eficacia literaria de Lehrer.
La autora parte del discurso que el filósofo Martin Heidegger pronunció en el congreso conocido como Segundo Encuentro de Darmstadt, celebrado en 1951 con el objetivo de reconstruir la devastada Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de la conferencia, que más adelante dio lugar al libro Construir Habitar Pensar (La Oficina, 2015), el filósofo reflexionó sobre el significado del concepto habitar. Con las ideas de Heidegger como brújula, Castellanos traza un paralelismo entre la reconstrucción de una ciudad y la recuperación física y mental después de una experiencia dolorosa o traumática. En su argumentación se combinan un inusitado amor por la etimología, citas del físico Erwin Schrödinger y el concepto de biosofía, acuñado por el filósofo Baruch Spinoza y reinterpretado en el texto como la sabiduría —que no información— que nos concede la biología. También se engarzan estudios neurocientíficos sobre la relación entre respiración y actividad cerebral con la idea de Santiago Ramón y Cajal que vertebra todo el libro: todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro si nos lo proponemos.






