Juan es fisioterapeuta, tiene 26 años y vive en Madrid. Quiere empezar a meditar para reducir el estrés, así que se ha descargado la aplicación Headspace, introducido sus datos y puesto los cascos. “Si nunca has hecho nada parecido a esto, no te preocupes, esta técnica es muy sencilla, y estoy aquí para guiarte paso a paso”, le indica una voz lenta y calmada. “Con los ojos abiertos, empieza a respirar profundamente. Siente el aire entrar por la nariz y salir por la boca. Tómate un momento para percibir cómo se siente tu cuerpo, cómo se va haciendo cada vez más pesado”, sigue la voz. “Cierra los ojos, lentamente”, le indica en un momento dado. Esta primera sesión dura menos de cinco minutos, para no abrumar al principiante.
Una vez termina, Juan se siente un poco confundido —hace mucho tiempo que no dedica cinco minutos a la introspección—, aunque más calmado que antes. Él no lo sabe, pero este pequeño ejercicio ha modificado la estructura de su cerebro. “Con un solo día de meditación ya se ven pequeños cambios”, asegura por teléfono Diego Redolar, neurocientífico, profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y escritor del libro La mujer ciega que podía ver con la lengua (Grijalbo, 2024). “Pero, para que esos cambios se solidifiquen, hace falta una práctica constante”, matiza.







