Para aquellos atrapados en trabajos inútiles o estúpidos, hay un antídoto: la ambición moral, el deseo de dedicarse a algo que beneficie también a la comunidad. Lo escribe el pensador holandés Rutger Bregman en su nuevo libro, del que ‘Ideas’ adelanta un extracto
Los neurólogos apenas podían creer lo que veían. Nunca antes habían tenido delante un cerebro como ese. Era primera hora de la mañana del 22 de mayo de 2001, y en un laboratorio de la Universidad de Wisconsin el equipo examinaba las últimas imágenes por resonancia magnética....
¿Qué demonios sucedía? El sujeto exhibía un nivel de ondas gamma inédito en neurociencia. El lateral izquierdo del córtex prefrontal —la parte del cerebro asociada a la felicidad— bullía de actividad, mientras que el lado derecho —asociado a pensamientos negativos— marcaba casi nada.
Cuando los científicos publicaron sus resultados, la prensa proclamó que habían hallado al ser humano con el cerebro más hermoso del planeta. “Su nivel de control mental es asombroso”, escribió un periodista británico, “y los impulsos felices de su cerebro se salen de toda escala”.
¿Quién era esta persona? Y ¿cómo consiguió su cerebro ser así? La persona de las imágenes por resonancia magnética era un monje budista llamado Matthieu Ricard. Había crecido en París y obtenido un doctorado en genética molecular por el prestigioso Instituto Pasteur. Pero a la edad de veintiséis años, con una prometedora carrera científica ante él, Ricard lo dejó todo atrás y viajó al Tíbet. Allí, con el tenue aire del Himalaya, estudió con los grandes maestros budistas.






