En los últimos años se han multiplicado las investigaciones que vinculan el comportamiento virtuoso con una mejor salud mental

Reto del día: pasar la jornada con una actitud más compasiva hacia el dolor ajeno. Y más paciente ante personas que juzgamos molestas. Según un estudio publicado el pasado diciembre en Journal of Personality, ejercitar conscientemente la compasión y la paciencia puede, en primera instancia, hacer que afloren sensaciones desagradables. Pero resulta probable que, al irnos a la cama, nos sintamos mejor que si hubiéramos afrontado el día torciendo la vista ante el sufrimiento de los otros. O impacientándonos a la primera de cambio cuando la gente no actúa de acuerdo a nuestras expectativas.

Liderado por Michael Prinzing, el estudio suma otra evidencia a una línea de investigación en boga, sobre todo en EE UU, que está analizando el vínculo entre virtud y bienestar. Se trata de inyectar ciencia a una hipótesis que se remonta a Aristóteles y, en mayor o menor medida, atraviesa las tradiciones culturales de todo el planeta. Aunque la idea tiene detractores de altura (Nietszche), parece que, intuitivamente, hacer el bien no es mala semilla en el cultivo de la felicidad. Los datos empiezan a corroborar lo que durante siglos fue una aspiración moral sin refrendo empírico.