El filósofo Peter Singer dice que el altruismo es más eficaz si se elige bien el objetivo. Pero lo es aún más si se produce en un ámbito que conocemos y hacia el que sentimos una inclinación afectiva

Los seres humanos sentimos en la piel el dolor ajeno. Nuestras neuronas espejo hacen que sintamos el sufrimiento de los demás, aunque no lo presenciemos con la vista. Para que la empatía se active, basta con tener noticia del malestar del otro.

Pero estas neuronas se atrofian si no se ejercitan. La empatía se mantiene y crece solo si se entrena, estando expuestos con frecuencia a experiencias directas como trabajos de campo, proyectos de voluntariado o misiones humanitarias.

Ahora bien, la pregunta que, de forma táctica, nos hacemos todos cuando estamos en situaciones en las que ayudar a personas completamente ajenas a nosotros nos implica un coste personal (económico, de tiempo o de esfuerzo) es la siguiente: “¿Por qué les tengo que ayudar yo?”.

Los derechos humanos son derechos inherentes a cualquier persona por el solo hecho de pertenecer a la especie Homo sapiens. Pero todo derecho conlleva, como contraparte, un deber. Luego, los derechos humanos de cualquier persona generan para otros el deber de tratar de restituirlos cuando vean que han sido lesionados. El sujeto de esa obligación es quien vulneró tal derecho y, subsidiariamente, el Estado. Pero cuando el culpable o el Estado no cumplen, el deber recae en los demás miembros de la especie.