Durante la última década, el descrédito de la empatía y la compasión ha avanzado en paralelo al auge del odio

Supongamos que, ante las matanzas, sufrimientos e injusticias mundiales, alguien siente un irrefrenable pálpito de tristeza. Muchos le dirían que no entiende las reglas del juego ni la lógica de la dura y despiadada realidad que habitamos. Tacharán a esa persona de ingenua, sentimental o narcisista en pose de bondad. Le recordarán que la solución es fácil: los bobos apenados y los insensatos benevolentes pueden hospedar en su propia casa a quien reclama ayuda o refugio.

el-mas-apto-la-compasion-resulto-ser-nuestra-verdadera-ventaja-evolutiva.html" data-link-track-dtm="">La compasión gozó en ocasiones de buena reputación, pero su aura se desvanece hoy ante nuestros ojos.

En una llamativa voltereta cultural, una nueva corriente intenta arrojar la empatía al sótano tenebroso de todos los males. Tres autores norteamericanos han publicado recientemente ensayos que la describen como un pecado dañino o una emoción tóxica y suicida. Durante la última década, su descrédito ha avanzado en paralelo al auge del odio. Fogosos, los partidarios del puñetazo en la mesa nos explican cosas: los derechos humanos son decadentes; no dejes para mañana a quien puedas deportar hoy; la diversidad no es divertida; la paz es un delirio de biempensantes; la justicia social, coartada para envidiosos; las ayudas públicas, nidos de parásitos. En resumen, el buenismo está cavando nuestra tumba.