Markus Gabriel plantea una defensa de la bondad inequívoca a la que merece la pena aspirar partiendo del argumento de que esta puede ser rentable
Probablemente el mayor error que en el pasado se ha cometido en relación con la idea de progreso ha sido el estatuto que ha tendido a atribuírsele. Así, durante largo tiempo resultaba habitual pensarlo como un presupuesto, como si fuera algo que pudiera darse por descontado. Cuando en realidad, como el tiempo se ha encargado de certificar, el único modo en el que cabía entenderlo era en términos de aspiración, de horizonte hacia el que valdría la pena tender. ...
Esta modificación de su estatuto es evidente que lo pone a salvo de determinados reproches, al tiempo que debilita su potencia teórica. En efecto, el progreso deja de ser algo susceptible de ser verificado o demostrado para colocarse en pie de igualdad con cualquier otra propuesta de futuro. Pasa a no ser de recibo presentar situaciones en las que sin duda, lejos de mejorar, hemos ido a peor, como si ello equivaliera a la falsación de la idea. Como tampoco queda verificada la misma mostrando otras situaciones en las que la mejoría resulta patente, entre otras cosas porque cualquier empeoramiento echaría al traste la presunta verificación (nos lo enseñó Popper).






