Asistimos a la destrucción de la democracia sin creer que esté siendo destruida, e ideamos toda clase de teorías para intentar explicar la pérdida de legitimidad

La semana pasada escribí aquí mismo sobre lo malo que me parecía el final de Stranger Things debido a su falta de legitimidad narrativa. Pues bien, mientras cuestionaba el final de la serie, sucedieron dos cosas: Donald Trump secuestró a Maduro y los fanes de Stranger Things inventaron la teoría del conformity gate (que arrasó en internet), que sostenía que los últimos episodios no representan la “realidad” d...

e la historia, sino que eran una simulación, en concreto el sueño de uno de los protagonistas. De modo que el conformity gate (la teoría mayoritaria) no cuestionaba la legitimidad del relato, sino la confianza misma del espectador en una realidad (o episodio) que no le gustaba. Pues bien, la política internacional sufre su propio conformity gate. Como no nos gusta lo que vemos, inventamos una realidad alternativa. Y así no cuestionamos la legitimidad de lo que pasa, sino que triunfa una nueva tesis basada en que los males del mundo no son del todo reales, sino que son más bien la consecuencia del delirio de un solo individuo: Donald Trump.