En este mundo en el que cuesta encontrar algo genuino, en que nada parece importante parece un poco naíf pensar que la vida podría ser algo más que trabajar, criar, cuidar, beber, pasar el dedo por el móvil como si fuera un rosario

Cuando era pequeña dormía en “las 300 camas”, el cuarto con, no 300, pero sí cuatro camas y una litera donde todos los primos nos quedábamos en casa de mis abuelos. Cada noche, antes de dormir, imaginaba que un hombre caníbal entraba por la puerta con una lanza afilada y nos comía a todos. Primero a mi primo Antón. Su cama estaba frente a la puerta así que era la presa más fácil. Luego el caníbal iba hacia las camas del fondo a la izquierda para comerse al resto de mis primas, todas chicas y todas lo suficientemente avispadas como para saber que la cama de la puerta era la peor. La mía era la más escondida, así que antes de dormirme pasaba un buen rato fraguando las múltiples formas de huir mientras el caníbal se zampaba a mi familia.

Si estoy en el andén del metro y quedan dos minutos para que llegue, suelo imaginar que alguien aparece corriendo y me empuja a las vías. Yo caigo y me hago daño en una pierna. Y en un brazo un poco también. La gente grita pero no hace nada, simplemente mira hacia abajo y hacia el túnel esperando la llegada de la catástrofe pero yo, con la cabeza lúcida, calculo que dos minutos es el tiempo suficiente para levantarme y subir de vuelta con agilidad, coger el metro e ir al trabajo como si no hubiese pasado nada.