En un mundo en el que Melania Trump preside el Consejo de Seguridad de la ONU mientras su esposo bombardea Irán cada vez es más difícil distinguir lo real del bulo

El otro día fui al gimnasio a las siete de la mañana. Y dirán ustedes: a nosotros qué nos importa, y tendrán más razón que un santo. Pero a mí me enseñaron en la facultad que los hechos insólitos son noticia, y, como con la que está cayendo no me la compraban para primera página, la reporto en la última. La cosa es que llevaba dos años pagando la cuota sin ir y, sometida al enésimo ultimátum de mi cargo de...

conciencia, hice de tripas maldición y me tiré a la palestra. Chica, qué ambientazo: había casi más gente que en el atasco que me suelo comer a esas horas. Como que pasé del móvil los 50 minutos del suplicio, entretenidísima con el paisaje y el paisanaje. El soponcio vino luego, cuando, al abrir X y WhatsApp por si se hubiera acabado el mundo en el entretanto, veo tuits y mensajes míos del día anterior reescritos con un lenguaje, no sé, como vulgar, soez, cheli, extraordinariamente ordinario. Más de lo habitual, listos, que les estoy escuchando. Me entraron sudores fríos, puse un par de tuits de socorro temiéndome que me los hubieran pirateado y me desplumaran las cuentas del banco y me fui pitando al periódico a que me lo revisaran los técnicos. Me miraron raro, en plan ya está la boomer con sus batallitas, me hicieron cambiar las claves, me pusieron el terminal a actualizarse hora y media y me mandaron a tomarme una tilita, que estoy en una edad muy mala para los sustos. Ni rastro de piratas. Nunca más se supo. Qué misterio.