Frente a quienes alertan del peligro de tener en la Casa Blanca a un “narcisista maligno” en pleno “declive cognitivo”, su entorno achaca sus salidas de tono a su personalidad iconoclasta
Fue uno de tantos momentos de Donald Trump para frotarse los ojos. Un reportero japonés le preguntó el jueves en el Despacho Oval, durante la recepción a su primera ministra, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Ha...
wái que en 1941 mató a más de 2.400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haber avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.
El lunes el presidente se contradijo hasta en cinco ocasiones sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo en que Estados Unidos ha ganado la guerra y en que aún queda mucho por hacer. Horas después, publicó en su cuenta de Truth varios mensajes incomprensibles que rebotaban noticias halagadoras sobre él publicadas hace meses. Y antes de eso, sin irse demasiado lejos, estuvieron la carta al rey de Noruega afeándole que no le hubiera dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso lleno de insultos a sus aliados en Davos o aquella conferencia de prensa en la que se largó un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.








