El sur de la isla canaria se mantiene salvaje y ajena a la masificación turística. Playas infinitas, lagunas que nacen y desaparecen o una misteriosa villa de pasado nazi son algunos de sus encantos
“Cuando estás en el desierto, miras al infinito… Te hace sentir terriblemente pequeño, y también de una manera extraña, bastante grande”. El cineasta británico David Lean encapsuló en esta frase la dualidad que contiene esta masa colosal de arena. Famoso por su destreza a la hora de filmar en desiertos ―incluso tratándolo como un personaje más en su obra cumbre, Lawrence de Arabia (1962)―, supo describir el significado que encierra un paraje más vivo de lo que imaginamos, cuya inmensidad nos hace sentir a menudo insignificantes. Esa sensación solitaria que recorre toda la anatomía de Fuerteventura, aclamada como la isla de los mil desiertos, provoca un aparente aislamiento que incita a la desconexión.
Declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en mayo de 2009, su carácter árido puede, sin embargo, jugar al despiste, ya que más allá de sus dunas en las que perderse esta isla canaria congrega un buen número de volcanes, acantilados, calas escondidas y montañas, además de un cielo estrellado que cuenta con el certificado de la Fundación Starlight y ofrece sin obstáculos el mirador astronómico de Sicasumbre.






