En este relajante lugar ubicado en el interior de la isla de Lanzarote conviven el arte, la naturaleza, la sostenibilidad, el buen comer y un refugio de animales
Las islas volcánicas son inquietantes y cautivadoras al mismo tiempo. Ya decía José Saramago que el paisaje de Lanzarote tiene algo de teatral, “como si estuviésemos delante de un ciclorama en movimiento”. Este nido de inspiración acunó a César Manrique, hizo volver a nacer a Saramago y sentir a Rafael Alberti que iba a habitarle
ml" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/elviajero/2017/08/31/actualidad/1504180983_444416.html" data-link-track-dtm=""> el mismo fuego que a los volcanes. Quizás sea su paisaje sin ornamentos o la sucesión de negros, blancos y verdes en la isla canaria lo que captura la mirada y la catapulta hacia otro planeta de cráteres lunares.
La armonía que inunda su tierra se debe a un entorno en el que arte y naturaleza dialogan. En 1995, esta pequeña isla del Atlántico acogía la Primera Conferencia Mundial de Turismo Sostenible, en la que se reconocían las ambivalencias de un turismo en ciernes y se buscaba la fórmula que sembrara las bases de un modelo respetuoso con las comunidades locales y el medio ambiente. Más de 20 años después, Lanzarote ofrece mucho más que sol y playa.






