Pese al aislamiento al que le condena su posición, el territorio canario más pequeño y remoto exhibe un aura de lugar enigmático tocado por la mística del fin del mundo y una belleza primigenia esculpida por la fuerza volcánica
Un soplo de viento repentino despeja los jirones de niebla para dejar a la vista el atormentado paisaje de El Hierro: los acantilados azotados por el océano, las playas de arena negra, las coladas de lava, los senderos al abrigo de aristas volcánicas que evidencian, en definitiva, la apoteosis geológica de su origen. Hay una extraña quietud en la más pequeña y remota de las islas Canarias, un silencio compacto como si se pudiera trocear, una soledad tan tajante que llega a estremecer. Solo las ráfagas de los alisios, de tanto en tanto, agitan este sosiego.
El Hierro conforma el punto más alejado de la Península, de la que se aparta mirando a la inmensidad del Atlántico camino de América. Isla del meridiano, le dicen, a causa de esa línea imaginaria que divide la tierra de norte a sur y establece los husos horarios. Allá por el siglo II, fue el geógrafo griego Ptolomeo (y con él todo un equipo de eminentes astrónomos y matemáticos) quien acordó situar el meridiano Cero en el límite oeste de este territorio, que en aquellos tiempos era la punta más extrema del viejo mundo conocido. El confín occidental de la tierra.






