La belleza de este vergel parece extraterrestre: las enormes dunas del Sáhara se fusionan con palmerales, manantiales turquesa y el ambiente mágico del lugar en el que Alejandro Magno fue declarado semidiós
A 750 kilómetros del bullicio de El Cairo y a tan solo 50 de la frontera con Libia, Egipto
a> esconde un tesoro que aún logra sobrevivir a las masas turísticas y conservar la magia de lo inexplorado. La única fórmula para llegar al lugar más remoto del Desierto Occidental es contratar un minibús nocturno desde la capital. Tras un trayecto de más de ocho horas, los primeros rayos de luz del amanecer anuncian la llegada al oasis de Siwa. En este vergel, ubicado 17 metros por debajo del nivel del mar, las palmeras se alzan hacia un cielo repleto de estrellas, los lagos turquesa de agua salada dibujan un paisaje utópico y el tiempo parece haberse detenido entre los pasos de Alejandro Magno.
El secreto de la belleza de Siwa está en su posición geográfica. Durante siglos, la inaccesibilidad a este oasis —sin una sola carretera que lo conectara con las grandes ciudades hasta los años noventa del pasado siglo— ha propiciado que se mantuviera impenetrable, llegando a nuestros días como un paraíso en el que reside la única población bereber que aún conserva Egipto, los siwis: con lengua, cultura y tradiciones propias.







