Viajen a Egipto. Verán maravillas y miseria. No somos mejores que ellos
Mohamed Reda es un egipcio de mediana edad casado y con dos hijos adolescentes con los que se le cae la baba a chorro. Reda tiene dos carreras: Egiptología y Filología Hispánica, aunque chapurrea más idiomas que Duolingo, y trabaja 18 horas al día siete días a la semana pastoreando a turistas en un viaje de ensueño: cuatro noches de crucero por el Nilo y tres en un hotelazo de El Cairo descubriendo las m...
aravillas de Egipto con los pulmones sin resuello ante tanta belleza y el corazón en un puño ante los niños descalzos, los ancianos paupérrimos y las montañas de basura que los rodean. A primera vista, Reda parece inmunizado ante una cosa y la otra. Callo le sobra. Gasta verbo de seda y voluntad de hierro. Hace un par de semanas, en pleno Ramadán, sin comer ni beber hasta las seis de la tarde habiéndose levantado a las dos de la mañana, llevaba derechos como a velas a un grupo de 25 españoles, cada uno de su padre, su madre y su hecho diferencial autonómico a cuestas, llamándolos a cada uno por su nombre y un genérico "habibi" (cariño) como si fueran de su familia. Lo sé porque yo era una de ellas.
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