La ONU registró en 2025 la llegada de más de 17.000 ciudadanos de este país, un 50% más que el año anterior, impulsados por la presión económica y perspectivas de futuro inciertas
El primer lugar en el que probó suerte Ahmed, el nombre ficticio de un joven egipcio de 25 años que habló con EL PAÍS bajo condición de anonimato por seguridad, fue en Libia. Llegó en julio y se puso a buscar trabajo de inmediato, pero no encontró nada que no estuviera mal pagado. Tres meses después, sin empleo estable y gastándose el dinero que le había prestado su padre, el estancamiento se volvió evidente. Y fue entonces, recuerda, cuando su hermano mayor le sugirió que, sin ninguna fuente de ingresos, quizás podía plantearse “viajar”....
El hermano se refería a migrar al norte, a Europa. Ahmed explica que no lo había considerado, pero que en Libia conoció a un grupo de jóvenes que también querían cruzar el Mediterráneo. Acabó uniéndose a ellos tras regresar brevemente a Egipto y reunir las 300.000 libras (unos 5.300 euros) que le pedían para el trayecto. Llegó a Italia en diciembre. “Mi situación es límite: terminé el servicio militar y no he encontrado trabajo ni tengo casa”, señala. “Sentía que el mundo se me cerraba encima; era la única opción que me quedaba”, desliza, “así que me fui”.







