Con una mezcla de solidaridad y rebeldía, los vecinos de Minnesota llevan semanas perfeccionando la red con la que plantan cara a los agentes federales y han logrado torcer la mano del Gobierno de Estados Unidos

Desde hace semanas, los teléfonos vibran sin cesar en Minneapolis. Son cientos de pequeños calambrazos al día; uno por cada mensaje que reciben los vecinos apuntados en los grupos de Signal que vigilan y hostigan a los 3.000 agentes de la policía secreta migratoria de Donald Trump desplegados en la ciudad.

En esa red social encriptada, el papel de cada cual viene definido por un código de emoticonos: coches, platos, corazones vendados… Los hay que patrullan las calles en busca de los federales enmascarados, que circulan en coches sin marcar y van armados hasta los dientes. Están los que administran los primeros auxilios cuando la cosa se tuerce, los que fotografían matrículas y los que las cotejan con las bases de datos disponibles.

Hay varias llamadas al día de puesta en común. Cuando alguien avisa de una redada en marcha, los vehículos de los “observadores” que están en la zona salen zumbando para tratar de impedirla o, al menos, para ser testigos o entorpecer la cacería al inmigrante. Una vez allí, soplan sus silbatos, graban a los agentes con el móvil y se encaran con ellos. A veces acaban arrestados.