El equipo de Arbeola, en otro partido sin demasiadas ideas hasta la entrada de Güler, derrota a los ‘granota’ en un Bernabéu que desahogó su enfado y su desencanto hacia los jugadores y hasta hacia Florentino Pérez

El Real Madrid se internó en la hoguera de su propio estadio con las mismas carencias que antes de que prendiera el fuego, la misma ausencia de ideas, y gracias a la clarividencia de Güler escapó bastante entero de una tarde de silbatina y dos peticiones de dimisión de Florentino Pérez. Después de perder en la Copa contra un Segunda, al equipo de Arbeloa se le atragantó también un Levante instalado en descenso bajo el descontento general de la grada. El que tenían acumulado y el del propio partido, otro ejercicio desnortado hasta que apareció el turco y Mbappé anotó un penalti.

Después de los últimos terremotos el Real se presentó en su casa y en el Bernabéu, ahora hostil, había cambiado todo. Abajo, sobre la hierba, todo parecía lo mismo, a ratos incluso más desalentador. Los primeros silbidos espolearon algo a los futbolistas. Se vieron algunas carreras hacia delante de Vinicius, el más señalado; también alguna hacia atrás persiguiendo a un rival, sobre todo de Bellingham, el segundo más castigado. Se vio también al comienzo que el balón parecía ir más rápido, aunque con el paso de los minutos se comprobaba que iba más rápido, sí, pero a ninguna parte. Se podía empezar a sospechar que lo que hacían deprisa era quitárselo de encima.