El equipo de Arbeloa derrota con goles de Mbappé y Vinicius a un Alavés que se asoma al descenso, en un ambiente enrarecido por el descontento del público después de quedarse sin títulos
Al Real Madrid le bastó con una función de jerarquía desganada para derrotar al Alavés, que llegaba angustiado, asomándose a la cornisa del descenso, y hasta el final, cuando ya era demasiado tarde, no tuvo la puntería que encontraron Mbappé (de rebote) y Vinicius. Se quitó así, en un ejercicio incómodo ante un público molesto y escaso, la primera de las siete citas que le quedan para alcanzar la orilla del final del curso y poder volver a empezar, acaso con la ilusión a estrenar otra vez. El equipo de Arbeloa se sacó de encima una cita pero no el disgusto de su gente, que acabó pitando cuando Toni Martínez acertó con el 2-1 en el añadido.
Todo el partido se jugó rodeado de un ambiente disperso, como de ¿para qué? Las señales, como cuando se avecina un terremoto, o un eclipse total, provocaban desconcierto. Para el Madrid se ha acabado todo, pero hay un montón de actores que tienen que conducirse como si no fuera así. Para empezar, los futbolistas, pésimos intérpretes del papel que les había adjudicado el día antes Arbeloa, cuando proclamó que les iba la vida en las siete jornadas restantes. Tampoco afinaba el graderío, que clareaba como nunca con la peor entrada del curso, 4.000 espectadores menos que la siguiente más pobre, contra el Getafe. En la tribuna baja de La Castellana casi se podía leer el “Real Madrid CF” escrito con el contraste de algunas butacas blancas sobre las azules. El grupo de animación probó a encontrar el entusiasmo disciplinado de siempre, pero cuatro filas más allá sucedió algo que les hizo perder el paso. Acudieron las asistencias a atender a un espectador y se quedaron mudos. Desaparecieron hasta los pitidos que acompañaron a las primeras acciones de Vinicius y Mbappé, apenas el único rastro de algún descontento al presentarse el Madrid en casa por primera vez después de haber perdido todo lo relevante por segunda temporada seguida. Se instaló el silencio, mezcla de congoja por el percance y desorientación por lo que sucedía sobre la hierba.






