La Unión Europea no puede seguir ignorando con medias palabras la amenaza que supone el expansionismo de Donald Trump

Todos los imperios han adornado hipócritamente sus ímpetus depredadores con explicaciones benevolentes e incluso mesiánicas: desde la salvación de las almas en los imperios medievales hasta la empresa supuestamente civilizatoria y progresista que justificaba la colonización de pueblos presentados como salvajes. El rebrote imperial y colonizador que está protagonizando Donald Trump no tiene, en cambio, escrúpulos para confesar cínicamente sus interesados propósitos y su confianza en el uso de la fuerza militar como instrumento de su diplomacia y organizador de las relaciones internacionales. El imperialismo trumpista, feroz como todos, se adorna de la brutalidad de exhibir la violencia y el designio personal como las únicas leyes en sus proyectos expansivos y en sus intromisiones en soberanías ajenas. También su desprecio por la legalidad y las instituciones: las internacionales y las de su propio país.

Es el petróleo lo que le importa de Venezuela, y no la libertad de los venezolanos, asunto aplazado en el mejor de los casos. Tampoco la represión del narcotráfico o la inmigración irregular, dudosos argumentos esgrimidos ante el juez y el Consejo de Seguridad para cubrir la vulneración de la soberanía de Venezuela y de la inmunidad de la que —pese a tratarse de un tirano— gozaba un jefe de Estado como Nicolás Maduro.