Lo que busca el imperialismo de Donald Trump es que América quede libre de cualquier interferencia en sus planes, ya sea europea o, sobre todo, china
Quién le iba a decir al viejo Lenin que iba a ver resucitadas sus principales tesis sobre el imperialismo (El imperialismo, fase superior del capitalismo, año 1916), más de un siglo después, por la acción crudamente expansionista de Trump. O a la intelectual judía americana Hannah Arendt, que una parte no principal de su obra magna (Los orígenes del totalitarismo), esencial para el desarrollo de las ciencias sociales a partir de la fecha de su publicación (año 1955), iba a ser revisitada a la luz de los últimos sucesos: que el imperialismo no solo es una política económica o territorial, sino un fenómeno político e ideológico que preparó el camino para el autoritarismo y las democracias iliberales del siglo XXI.
Sería muy sugerente un debate entre ambos, dados los enfoques tan diferentes, aunque confluyentes en la época en que vivimos. Lenin, que no vivió la Segunda Guerra Mundial, interpretó la Primera como una conflagración imperialista, resultado de la hegemonía del capital financiero (seguramente hubiera pensado lo mismo de la Segunda). Arendt criticó la integración por las grandes potencias de nuevos territorios no para crear nuevos ciudadanos, sino para dominarlos.






